viernes, 16 de noviembre de 2012

Se acabó

  

   El sindicalismo vertical que se mantenía vivo en CC.OO y UGT ha muerto. Su certificado de defunción: el famélico seguimiento de la huelga general, el menor de la historia de cuantas se ha convocado en España, según los datos de consumo eléctrico. Se acabó. Los españoles estamos siendo sometidos a sacrificios incómodos, la mayoría inevitables. El malestar es palpable y la crítica al Gobierno, muchas veces justificada. Pero la sociedad española demostró el 14-N que no es permeable a la demagogia impúdica y no permitirá a los oportunistas pescar en el río revuelto de la crisis, los recortes y la comprensible preocupación por un futuro incierto. Se acabó ese sindicalismo con más poder que representación y más influencia (consentida por complejos, temor o afinidad política) que respaldo social acreditado. Creían que la calle era suya y en la calle encontraron el miércoles el vacío de la soledad no deseada. Cura de humildad para el sindicalismo arrogante y pendenciero. Es posible que la soberbia que ciega a Toxo y Méndez les impida reconocer su derrota definitiva. Es su problema. Y el de unas huestes desconcertadas en las que ya ni el matonismo piquetero asusta. Agotada su credibilidad, los españoles han dicho basta. Basta a la doble moral de unos sindicatos instrumentalizados en favor de intereses siempre partidistas. Basta de engaños burdos, como ese vídeo del PSOE que animaba a ir a la huelga por Sara, una joven que se fue el paro hace dos años… cuando entonces gobernaba Zapatero y los sindicatos engordaban con el presupuesto de todos mientras se mecían acomodados en los consejos de administración. Podrán no avergonzarse de sus propias mentiras, pero ¿de verdad se creen los socialistas y el sindicato hermano que los españoles olvidan esto en solo doce meses?

LA RAZÓN, 12/12/2012

domingo, 11 de noviembre de 2012

Mascarada sindical


   La escena es memorable. Madrid, febrero de 2011. Michael Sommer, líder de los sindicatos alemanes, frente al micrófono. Con Cándido Méndez a la derecha y Toxo a su izquierda. «Estoy orgulloso de poder decir –afirma– que nuestra financiación proviene exclusivamente, subrayo exclusivamente, de las contribuciones de nuestros afiliados. Somos independientes de cualquier partido político o institución». Los nuestros no saben cómo ocultar su sonrojo. Llevan siete años de compadreo con Zapatero. El presidente, éste sin sonrojo alguno, les había reclamado en público: «Necesito vuestro cariño». ¡Y vaya si se lo ofrecieron! Por afinidad ideológica… y porque un Zapatero generoso les llenó el estómago de sabrosas subvenciones para adormecer cualquier tentación de protesta.
   El sindicalismo es una actividad imprescindible en una sociedad democrática. Su ejercicio responsable permitió a CC OO y UGT jugar un papel importante en la transición de España a la democracia. Hoy, los dos grandes sindicatos han pervertido su función social. Y así, no sirven. La prosperidad económica los dejó sin clase por la que luchar y se han quedado defendiendo los intereses de una casta privilegiada que siempre actúa como mamporrera de la misma opción política. Por eso han arruinado su credibilidad. Es el resultado de años de incoherencia obscena. Critican hoy a los gestores financieros cuando se lo han llevado crudo participando en sus consejos de administración. Protestan por la reforma laboral y se acogen a ella para despedir con 20 días de indemnización a sus empleados. Exigen un referéndum sobre los recortes, pero nunca lo aceptarían sobre su modelo de financiación. Y lo que nadie olvida, por muchas huelgas generales que ahora convoquen: callaron cuando quien gobernaba no era Rajoy y abrevaban al calor de una administración que colmaba su pesebre con el dinero de todos mientras conducía a España a la ruina.

LA RAZÓN, 10/11/2012

viernes, 2 de noviembre de 2012

El PSOE en su laberinto

   «Lo que tiene que hacer el PSOE es servir a los ciudadanos». «Debemos sintonizar más con la sociedad»... bla, bla bla. Semana de retórica inane en el PSOE. Desde la Tercera Vía de Blair, todos los intentos por actualizar el proyecto socialista han terminado en fracaso. Hollande, última estrella fugaz. En apenas tres meses, ha acabado como Zapatero: arruinando su crédito con políticas liberales que juró rechazar. No es Rubalcaba el problema, aunque también, pues fue pilar de un Gobierno que los españoles tardarán tiempo en olvidar. Es el socialismo mismo quien agoniza sin respuestas propias para la gran cuestión de nuestro tiempo: cómo propiciar el crecimiento económico que garantice la sociedad del bienestar. Ya ni siquiera le alcanza la fortaleza de una marca que otrora monopolizaba las ideas virtuosas (progreso, igualdad, justicia social) y ahora las traiciona cada vez que pasa de las palabras a los hechos. Las arcas vacías obligan a gobernar sobre realidades y, sin dinero, esa política tan socialista de creer que las buenas intenciones tienen el efecto mágico de que todo vaya mejor no alcanza para resolver los problemas. Apartado del poder, el PSOE creyó que el populismo le permitiría acampar a cubierto hasta que la tormenta de esta crisis descomunal escampara. Error. No hay refugio que esconda sus debilidades. El desgaste de Rajoy no revitaliza al PSOE. El populismo es discurso para que IU sume algún voto del izquierdismo trasnochado y propulsor de vías de escape antisistema como el 25-S, pero no ofrece recorrido a quien aspira recuperarse como alternativa de gobierno. Angustiado por el desconcierto de quien ha perdido el momento y la causa, el PSOE prefiere la pancarta al reconocimiento del error y la renovación de un ideario estéril; y la calle, al compromiso nacional. Cree que así saldrá de su laberinto.

LA RAZÓN, 2/11/2012

viernes, 26 de octubre de 2012

Sin rumbo, 30 años después

  
   Treinta años se cumplen el domingo. El PSOE alcanzaba en las urnas una mayoría abrumadora. Quizá irrepetible. Apenas habían transcurrido siete años de la muerte del dictador. Los españoles entregaban su confianza a un líder joven catapultado sobre un lema falso (“Socialismo es libertad”), pero entonces creíble. Felipe González había soltado el lastre del marxismo en una jugada valiente que le liberaba del pasado para ganar el futuro. Treinta años después de aquél histórico 28-O, el socialismo español se hunde camino de la irrelevancia. Ha dejado de ser creíble. Es la herida por la que se desangra tras ocho años de culto norcoreano al delirio de Zapatero. Donde todos los desmanes que nos han traído hasta aquí eran jaleados por una corte de mediocres aupados a un cargo que nunca imaginaron por currículum, mientras los solventes consentían en cómplice silencio. Enternecedor escucharles denunciar ahora, a Leguina, Bono y compañía, lo que avalaron con su voto cobarde. Ya da igual. La superioridad moral que permitía al PSOE desenvolverse con impunidad en nuestra democracia ha caducado. Los españoles han dejado de creerles. Ni los del PP son los nietos de Franco, ni el PSOE garantía alguna de las pensiones. Esta crisis pavorosa ha descolocado a un socialismo al que incomoda gobernar sobre realidades, cuando antes le bastaba con una hábil y demagógica gestión de los sentimientos buenistas. Resulta patético verles en la algarada pancartera nada más ser apartados del poder por la voluntad mayoritaria. Ya no cuela. Tampoco la progresiva pérdida de identidad nacional del único partido que en sus siglas lleva la palabra “español”. Así que ya pueden enredarse ahora en el falso debate del liderazgo. Política de avestruz. Nunca hay viento favorable para el navegante que no sabe dónde va.

LA RAZÓN, 26/10/2012

viernes, 19 de octubre de 2012

Escocia no, Lincoln

   Están eufóricos. David Cameron, un conservador británico de quien no esperaban nada, les ha facilitado el espejo en el que mirarse: Escocia. Leo en Gara: “La UE no puede aceptar que Escocia vaya a votar y Cataluña y Euskal Herria no”. Y en La Vanguardia: “El Reino Unido ha encontrado encaje jurídico entre la legitimidad democrática expresada en las urnas y la legalidad vigente”. El País Vasco alumbrará el domingo una gran mayoría antiespañola. Las elecciones catalanas vendrán después. Entonces, el problema estará en la mesa con toda su crudeza. En la del Gobierno, que deberá darle respuesta. También en la de todos los españoles, pues es la integridad de la soberanía nacional la que están pretendiendo romper de forma unilateral cuando fuimos todos quienes hace 35 años decidimos en libertad fundamentar en ella nuestro régimen constitucional. Esta es la razón de que no sea Escocia, sino el proceso fallido de la Secesión norteamericana, el que ayuda a entender la amenaza de ruptura que sufre España. En 1860 los estados norteamericanos ya no conservaban su soberanía originaria; los ciudadanos de todos ellos (“Nosotros, el pueblo”) la habían cedido en 1789 para “formar una Unión más perfecta” que asegurase “para nosotros mismos y nuestros descendientes los beneficios de la libertad”. La secesión no era un derecho. Quebraba el principio del gobierno democrático. No se puede consentir a la minoría romper la baraja cada vez que la mayoría no se deja persuadir de su pretensión. Menos aun cuando trata de imponerla bajo amenaza de subversión. Defendiendo la Unión, Lincoln aseguró la supervivencia del que entonces era el único gobierno representativo sobre la Tierra. Son momentos para releer al gran presidente norteamericano y, con él, responder a los secesionistas: «Ustedes no tienen derecho a romper la Unión, pero yo sí tengo la misión de proteger, defender y preservar la Constitución y la nación».

LA RAZÓN, 19/10/2012

viernes, 12 de octubre de 2012

España, nación, libertad

   Cuarenta años de silencio acomplejado ante un relato nacionalista basado en la falsificación histórica y el adoctrinamiento desde las aulas han acabado por corromper los conceptos de patriotismo y nación. Pero como sucede con otros tantos valores (el esfuerzo, el mérito, la excelencia), aparcados para el disfrute de una equivocada promoción del Estado del Bienestar y que ahora estamos obligados a recuperar, España no superará los dos grandes desafíos que enfrenta (crisis económica y órdago secesionista) sin una idea clara del patriotismo y la nación. 
    No es una raza. Tampoco una lengua o cultura. Ni siquiera un territorio, como quieren hacernos creer. La nación es una suma de ciudadanos que uniéndose para garantizar su libertad individual y el proyecto de vida que pueden forjarse con ella, la constituyen. Es la lección de 1812 que una España sin fe y sobrada de prejuicios ha perdido la oportunidad de actualizar en su Bicentenario mientras otros aprovechaban para llenar de esteladas el Nou Camp. La nación de individuos integra y protege a todos. Por eso la nación es lo opuesto al nacionalismo: un baluarte de la libertad frente a la uniformidad totalitaria y la exclusión del que disiente. 
    El nervio de la nación española también está siendo puesto a prueba por una crisis económica que no admite salidas particulares. «Juntos somos más fuertes», repite estos días Rajoy, apelando a la idea de la nación como una empresa colectiva. Ojalá no sea tarde ya para recuperar el impulso patriótico del que hemos carecido. Porque si, según la clásica definición de Renan, la nación es un plebiscito cotidiano, llevamos décadas alimentando un modelo político que potencia lo que nos separa y erosiona la voluntad individual de cooperar en el esfuerzo común. Y nada comparte quien no se siente parte.

LA RAZÓN, 12/10/2012

viernes, 5 de octubre de 2012

La pancarta de Pedraz

   “Ocupa el Congreso”, “La Constitución ha muerto”, “Que se vayan todos”… ¿Se imaginan cómo hubiera reaccionado la izquierda política, social y mediática si estas pancartas las hubieran portado jóvenes con camisas pardas y el pelo rapado? ¿O azules y con gomina en la cabeza? El fiscal general del Estado dio en el clavo: no se puede consentir la explotación de un justificado malestar social para deslegitimar las instituciones que garantizan la convivencia democrática. Así llegó el fascismo al poder en los años 30 del siglo pasado, con el incendio del Reichstag como icono. El juez Pedraz ha extralimitado su función al hacer suyo el principal argumento de la protesta (“la decadencia de la clase política”) y creer en la bondad de la convocatoria. Es evidente que si la Policía no lo hubiera protegido, el Congreso habría sido asaltado por los violentos. Era lo que pretendían. Los políticos huérfanos de respaldo en las urnas que tratan de pescar en el río revuelto de la demagogia deberían recordar a esos jóvenes que sin políticos, sólo hay caudillos. Y cuando éstos llegan, añoramos entonces el valor de la democracia. Ese tipo de gobierno que, como definió Popper, “permite librarnos de nuestros gobernantes sin derramamiento de sangre”. Es verdad que el vigor de una democracia depende de que los ciudadanos crean en la virtud de sus dirigentes y hoy existen motivos abundantes para sentirnos defraudados. Pero la libertad no es una fiesta ácrata. Tiene sus límites. Los que rechazan los sindicatos para seguir campando a sus anchas sin una ley de huelga que regule este derecho fundamental. Los que estas almas cándidas (o no) de la “democracia real” enfundadas en camisetas del Ché violentan mientras, con su desconocimiento de la historia y el amparo de un activista con toga, intentan inocular los gérmenes del totalitarismo en una sociedad predispuesta a buscar en el otro la culpa de los males propios.

LA RAZÓN, 5/10/2012