El Rey que anoche habló a los españoles fue una persona visiblemente recuperada después de un año de clavario físico y quirófano en exceso. Pero fue sobre todo un Jefe de Estado determinado con su responsabilidad nacional. De renovado coraje para seguir ejerciendo el liderazgo que le reserva la Constitución. Habló un Rey cercano, sereno, lúcido, comprometido. Sin volver la cara a ninguno de los problemas que nos acechan. El económico, el primero. Y no pudo ser más claro: “Para mí, la crisis empezará a resolverse cuando los parados tengan oportunidad de trabajar”. En un país con seis millones de parado, el empleo será el indicador de la recuperación y no ningún otro. Aviso a los vendedores de optimismo al por mayor. Acertó también en el diagnóstico del problema que está erosionando las bases de nuestra convivencia política: “La crisis económica que sufre España ha provocado desaliento en los ciudadanos, y que la dificultad para alcanzar soluciones rápidas, así como los casos de falta de ejemplaridad en la vida pública, han afectado al prestigio de la política y de las instituciones”. Los españoles han soportado los sacrificios de estos malos tiempos con entereza, pero han sido defraudados por los poderes públicos en la reciprocidad que todo esfuerzo colectivo conlleva si quiere ser compartido. Sintonizó con esa sociedad que hastiada de comportamientos fraudulentos demanda compromisos éticos renovados. Y, como primero de los españoles, sin escurrir el bulto, dejó antes de despedirse un mensaje nítido que no necesitó acompañar de nombres y apellidos. Se le entendía todo. “La seguridad de que asumo las exigencias de ejemplaridad y transparencia que hoy reclama la sociedad”, dijo. Palabra de Rey que será puesta a prueba por la realidad implacable.
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