Fue en el debate, no en la votación secreta que había planteado como trampa, donde el PSOE salió derrotado. Seguramente en el centro-derecha sociológico no exista con la reforma del aborto la unanimidad robusta que expresó la votación, pero no hay que recurrir a la zafiedad de “en mi coño y en mi moño mando yo” de la diputada Embeita para comprobar cómo ante un asunto capital alguna izquierda española es incapaz de ir más allá del mitin faltón y el exabrupto panfletario. Bastaría escuchar al socialista Paco Vázquez para desnudar la falacia izquierdista de que el aborto sólo puede ser combatido desde posiciones religiosas.
Gallardón ha planteado una valiente reforma en defensa de la vida. Es un proyecto progresista. Defiende a los más débiles de voluntades absolutas convertidas en falsos derechos (“Nosotras parimos, nosotras decidimos”). En democracia, las leyes son resultado de la voluntad de la mayoría libremente expresada. Pero “una cosa no es justa por el hecho de ser ley; debe ser ley porque es justa”, advirtió Montesquieu. En la reforma del aborto, el PP tiene de su lado la mayoría y la causa. No obliga a ninguna mujer a ser madre, no castiga a nadie y defiende al inocente de circunstancias ajenas que no deben condenarle a ser víctima de un crimen.
Los avances de la ciencia y de la medicina aportan cada día más argumentos a la defensa de la vida humana desde su concepción. Acumula el PP razones y capital político para que, si demuestra voluntad, España avance en este camino sin dejarse acomplejar por esa izquierda deshumanizada que utiliza el aborto como arma arrojadiza en un debate que desborda las trincheras ideológicas.
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