"Cuando la leyenda se convierte en realidad, imprime la leyenda"
El hombre que mató a Liberty Valance
John Ford, 1962
España ha recibido la primavera abrazada a un recuerdo que reverbera lo mejor de nosotros: aquella hazaña protagonizada cuando el miedo a repetir los errores a los que nos había empujado el sectarismo sacó lo mejor de cada uno. España llora al presidente que acabó abandonado por todos, traicionado por los suyos y despellejado por un socialismo depredador al que impacientaba su acceso al poder, pero su muerte en estos momentos de desprestigio de la política ha permitido que su figura de claroscuros emerja como la un héroe. Una sociedad defraudada con su clase dirigente le ha rescatado como referente moral en un páramo sin líderes en el sentido churchilliano del término. Suárez convertido en mito compartido de una época que evoca la unidad nacional y el patriotismo elevado sobre el partidismo excluyente. Es la misma sociedad que nunca le otorgó la mayoría absoluta y le negó los votos cuando más los necesitaba quien proclama a Suárez “santo súbito” de una democracia idealizada que quizá nunca existió, pero que necesita imaginar como vía liberadora del desencanto que nos atrapa. Así son las cosas. Dijo Suárez que el destino no está escrito porque sólo el pueblo puede escribirlo. Ha sido ahora cuando el pueblo ha decidido hacerlo para eternizarle como símbolo de un ideal común.
La despedida que España entera, la que viaja en coche oficial y la que pisa la calle, ha tributado a Suárez es una noticia feliz en esta nación a la que le cuesta reconocerse en su identidad colectiva, tan acomplejada en la celebración de sus fechas fundadoras como cicatera en el homenaje a sus prohombres.
Ay si el adiós de Suárez no fuera solo el remanso de tres días de primavera…
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