viernes, 19 de octubre de 2012

Escocia no, Lincoln

   Están eufóricos. David Cameron, un conservador británico de quien no esperaban nada, les ha facilitado el espejo en el que mirarse: Escocia. Leo en Gara: “La UE no puede aceptar que Escocia vaya a votar y Cataluña y Euskal Herria no”. Y en La Vanguardia: “El Reino Unido ha encontrado encaje jurídico entre la legitimidad democrática expresada en las urnas y la legalidad vigente”. El País Vasco alumbrará el domingo una gran mayoría antiespañola. Las elecciones catalanas vendrán después. Entonces, el problema estará en la mesa con toda su crudeza. En la del Gobierno, que deberá darle respuesta. También en la de todos los españoles, pues es la integridad de la soberanía nacional la que están pretendiendo romper de forma unilateral cuando fuimos todos quienes hace 35 años decidimos en libertad fundamentar en ella nuestro régimen constitucional. Esta es la razón de que no sea Escocia, sino el proceso fallido de la Secesión norteamericana, el que ayuda a entender la amenaza de ruptura que sufre España. En 1860 los estados norteamericanos ya no conservaban su soberanía originaria; los ciudadanos de todos ellos (“Nosotros, el pueblo”) la habían cedido en 1789 para “formar una Unión más perfecta” que asegurase “para nosotros mismos y nuestros descendientes los beneficios de la libertad”. La secesión no era un derecho. Quebraba el principio del gobierno democrático. No se puede consentir a la minoría romper la baraja cada vez que la mayoría no se deja persuadir de su pretensión. Menos aun cuando trata de imponerla bajo amenaza de subversión. Defendiendo la Unión, Lincoln aseguró la supervivencia del que entonces era el único gobierno representativo sobre la Tierra. Son momentos para releer al gran presidente norteamericano y, con él, responder a los secesionistas: «Ustedes no tienen derecho a romper la Unión, pero yo sí tengo la misión de proteger, defender y preservar la Constitución y la nación».

LA RAZÓN, 19/10/2012

viernes, 12 de octubre de 2012

España, nación, libertad

   Cuarenta años de silencio acomplejado ante un relato nacionalista basado en la falsificación histórica y el adoctrinamiento desde las aulas han acabado por corromper los conceptos de patriotismo y nación. Pero como sucede con otros tantos valores (el esfuerzo, el mérito, la excelencia), aparcados para el disfrute de una equivocada promoción del Estado del Bienestar y que ahora estamos obligados a recuperar, España no superará los dos grandes desafíos que enfrenta (crisis económica y órdago secesionista) sin una idea clara del patriotismo y la nación. 
    No es una raza. Tampoco una lengua o cultura. Ni siquiera un territorio, como quieren hacernos creer. La nación es una suma de ciudadanos que uniéndose para garantizar su libertad individual y el proyecto de vida que pueden forjarse con ella, la constituyen. Es la lección de 1812 que una España sin fe y sobrada de prejuicios ha perdido la oportunidad de actualizar en su Bicentenario mientras otros aprovechaban para llenar de esteladas el Nou Camp. La nación de individuos integra y protege a todos. Por eso la nación es lo opuesto al nacionalismo: un baluarte de la libertad frente a la uniformidad totalitaria y la exclusión del que disiente. 
    El nervio de la nación española también está siendo puesto a prueba por una crisis económica que no admite salidas particulares. «Juntos somos más fuertes», repite estos días Rajoy, apelando a la idea de la nación como una empresa colectiva. Ojalá no sea tarde ya para recuperar el impulso patriótico del que hemos carecido. Porque si, según la clásica definición de Renan, la nación es un plebiscito cotidiano, llevamos décadas alimentando un modelo político que potencia lo que nos separa y erosiona la voluntad individual de cooperar en el esfuerzo común. Y nada comparte quien no se siente parte.

LA RAZÓN, 12/10/2012

viernes, 5 de octubre de 2012

La pancarta de Pedraz

   “Ocupa el Congreso”, “La Constitución ha muerto”, “Que se vayan todos”… ¿Se imaginan cómo hubiera reaccionado la izquierda política, social y mediática si estas pancartas las hubieran portado jóvenes con camisas pardas y el pelo rapado? ¿O azules y con gomina en la cabeza? El fiscal general del Estado dio en el clavo: no se puede consentir la explotación de un justificado malestar social para deslegitimar las instituciones que garantizan la convivencia democrática. Así llegó el fascismo al poder en los años 30 del siglo pasado, con el incendio del Reichstag como icono. El juez Pedraz ha extralimitado su función al hacer suyo el principal argumento de la protesta (“la decadencia de la clase política”) y creer en la bondad de la convocatoria. Es evidente que si la Policía no lo hubiera protegido, el Congreso habría sido asaltado por los violentos. Era lo que pretendían. Los políticos huérfanos de respaldo en las urnas que tratan de pescar en el río revuelto de la demagogia deberían recordar a esos jóvenes que sin políticos, sólo hay caudillos. Y cuando éstos llegan, añoramos entonces el valor de la democracia. Ese tipo de gobierno que, como definió Popper, “permite librarnos de nuestros gobernantes sin derramamiento de sangre”. Es verdad que el vigor de una democracia depende de que los ciudadanos crean en la virtud de sus dirigentes y hoy existen motivos abundantes para sentirnos defraudados. Pero la libertad no es una fiesta ácrata. Tiene sus límites. Los que rechazan los sindicatos para seguir campando a sus anchas sin una ley de huelga que regule este derecho fundamental. Los que estas almas cándidas (o no) de la “democracia real” enfundadas en camisetas del Ché violentan mientras, con su desconocimiento de la historia y el amparo de un activista con toga, intentan inocular los gérmenes del totalitarismo en una sociedad predispuesta a buscar en el otro la culpa de los males propios.

LA RAZÓN, 5/10/2012

viernes, 28 de septiembre de 2012

¿Quo vadis, Alfredo?

   Todos los problemas que España tiene abiertos en canal, desde un modelo educativo que fabrica ignorantes a la tormenta perfecta de una crisis económica de dimensiones desconocidas confluyendo con el proceso secesionista abierto en Cataluña, son retos que necesitan de posiciones comunes, firmes y leales, entre el Gobierno y el primer partido de la oposición. Es nuestro drama. Porque el PSOE campa extramuros de la moderación y el compromiso nacional adonde se dejó arrastrar por Zapatero. Y allí sigue. En la creencia (equivocada, según todas las encuestas) de que oponiéndose a todo encontrará el atajo que le devuelva el respaldo perdido mientras el PP sufre el desgaste de la complicada gestión de un trance difícil. Todo lo que Rajoy y los suyos deban hacer para sacar a España de la endiablada encrucijada que enfrenta tendrán que hacerlo solos. Que no esperen nada de Rubalcaba. Pasa por ser un hombre de Estado y no desaprovecha la ocasión de demostrar lo contrario. Fue Rubalcaba quien devolvió el apoyo del PP a la reforma constitucional que Europa nos exigía para limitar el déficit, con el rechazo a la ley de estabilidad presupuestaria que le tocó promover después a Rajoy. Ha sido Rubalcaba el que se ha subido a lomos del federalismo para evitar la ruptura del PSOE en Cataluña, aunque así ponga en riesgo la de España. Y él ha alentado en sus filas un discurso comprensivo (“Hay muchas razones que mueven a los ciudadanos en su protesta”) con quienes promovían la ocupación del Congreso en un ejercicio de golpismo sin precedentes desde 1981. Estamos huérfanos de un PSOE convencido de que la indisoluble unidad de la nación española es el fundamento de nuestras libertades. Nos sobra su coqueteo con la subversión cada vez que la voluntad popular le aparta del ejercicio del poder.

LA RAZÓN, 28/09/2012

viernes, 21 de septiembre de 2012

Mas se va sin más

   Durante casi cuarenta años el nacionalismo ha trabajado con empeño en la construcción de una realidad falsificada. Son cada vez más los que creen que Cataluña ya existía como sujeto político hace mil años, cuando ni siquiera España era tal, con unos derechos que han sido pisoteados desde entonces y les habilitan para la formación de una nación independiente. El problema no es el secesionismo, una opción política que puede defenderse en democracia, sino la debilidad con la que enfrentamos sus bravatas y desafíos quienes creemos en la España constitucional como garantía de nuestra convivencia en libertad. El milenario de una Cataluña inventada se celebró en 1989 con fanfarria y gasto tras una propuesta de Esquerra Republicana respaldada por todas las formaciones políticas, incluidas aquellas que, como el PP y el PSOE, deberían representar y proteger los intereses de la nación española. Pero hemos dejado hacer y preferido callar, cediendo en busca del apaciguamiento imposible y aceptado su apoyo chantajista en momentos de dificultad partidista… A su manipulación no hemos contrapuesto la verdad y su envalentonamiento se ha alimentado de nuestros complejos. Sin convicción en la defensa y promoción de un propósito nacional como aval de progreso y libertad, ése que ahora echamos de menos en un momento de extrema dificultad económica que no distingue regiones e identidades. Así que no sorprende el que estos días hayamos asistido a una escalada en la ofensiva secesionista sin precedentes que ayer Rajoy, Constitución en mano, frenó en seco: la solidaridad entre las regiones españolas no es negociable. Mas tiene ahora un problema para salir del lío en que se ha metido, sí. Pero el proceso de erosión de la más antigua nación de Europa seguirá mientras PP y PSOE no levanten juntos un proyecto colectivo que galvanice la fortaleza de los españoles en la confianza de un destino compartido.

LA RAZÓN, 21/09/2012

viernes, 14 de septiembre de 2012

La gran reforma

   Si la verdad es la primera víctima de la guerra, la propiedad lo es de toda crisis económica. Las penurias excitan el resentimiento social y los Gobiernos en apuros esconden sus vergüenzas disfrazados de justicieros enarbolando esa falsa solidaridad impuesta por la coacción legal que permite quitar a los que más tienen en beneficio –dicen- de los que menos tienen. Son tiempos abonados para el populismo donde el espíritu de Robin Hood, que es el de Sánchez Gordillo, permea de forma natural en todas las opciones políticas. En Francia tributarán el 45% quienes ganen más de 150.000 euros; en España lo hacemos a partir de 60.000 y Patxi López quiere llegar al 60% con los que ganen 120.000. “Lo que hago no es muy diferente de lo de Hollande”, reconoce Rajoy. Y Cameron, Obama, Griñán o Mas. Todos con programas de ajuste donde el ahorro por el recorte del gasto siempre es menor al ingreso previsto con el asalto al bolsillo de los ciudadanos y sus negocios. Cuán lejos del Gobierno frugal que Jefferson definió como aquél que no debe tomar de la boca del trabajo el pan que éste se ha ganado. Justificándose todos con un mantra común: no hay alternativa. Y, sin embargo, la hay. Exige una reforma radical del Estado como carísimo productor de servicios de consumo obligatorio a otro transformado en proveedor de oportunidades y carácter subsidiario que llegue adonde la sociedad civil no pueda hacerlo. No es verdad que un político, por bienintencionado que sea, sepa mejor que un padre de familia responsable cómo gestionar los rendimientos de su trabajo diligente y esforzado. Quien así piensa busca un votante cautivo, no un ciudadano adulto e independiente. El fomento de la elección hace a los ciudadanos más libres, pero además aparece en el horizonte como la única garantía de esta sociedad del bienestar en peligro (como alerta De Guindos) por un Estado omnipresente que demuestra su impotencia para satisfacer todas nuestras necesidades.

LA RAZÓN, 14/09/2012

jueves, 13 de septiembre de 2012

Cuando Mahoma es el ofendido...



   Esta sátira de Mahoma ("Inocencia de los musulmanes"), realizada en un país democrático al amparo de la libertad de expresión y la libre expresión artística (aunque sea un burda creación), desata la furia del mundo musulmán y el embajador de Estados Unidos en Libia termina linchado por una turba islamista...



   Esta otra sátira sobre el cristianismo ("La vida de Brian")y otras muchas que se producen a diario en los países occidentales, amparadas también en la libertad de expresión y la libre expresión artística (aunque sean burdas creaciones), nunca provocan las reacciones violentas de sus fieles...

   Más preocupante que el comportamiento de los musulmanes empeñados en vivir anclados su particular Edad Media es el de aquellos que, en el mundo libre, utilizan el doble rasero de juzgar las obras como ofensa gratuita o saludable ejercicio de libertad de expresión según quién sea el protagonista.