Durante casi cuarenta años el nacionalismo ha trabajado con empeño en la construcción de una realidad falsificada. Son cada vez más los que creen que Cataluña ya existía como sujeto político hace mil años, cuando ni siquiera España era tal, con unos derechos que han sido pisoteados desde entonces y les habilitan para la formación de una nación independiente. El problema no es el secesionismo, una opción política que puede defenderse en democracia, sino la debilidad con la que enfrentamos sus bravatas y desafíos quienes creemos en la España constitucional como garantía de nuestra convivencia en libertad. El milenario de una Cataluña inventada se celebró en 1989 con fanfarria y gasto tras una propuesta de Esquerra Republicana respaldada por todas las formaciones políticas, incluidas aquellas que, como el PP y el PSOE, deberían representar y proteger los intereses de la nación española. Pero hemos dejado hacer y preferido callar, cediendo en busca del apaciguamiento imposible y aceptado su apoyo chantajista en momentos de dificultad partidista… A su manipulación no hemos contrapuesto la verdad y su envalentonamiento se ha alimentado de nuestros complejos. Sin convicción en la defensa y promoción de un propósito nacional como aval de progreso y libertad, ése que ahora echamos de menos en un momento de extrema dificultad económica que no distingue regiones e identidades. Así que no sorprende el que estos días hayamos asistido a una escalada en la ofensiva secesionista sin precedentes que ayer Rajoy, Constitución en mano, frenó en seco: la solidaridad entre las regiones españolas no es negociable. Mas tiene ahora un problema para salir del lío en que se ha metido, sí. Pero el proceso de erosión de la más antigua nación de Europa seguirá mientras PP y PSOE no levanten juntos un proyecto colectivo que galvanice la fortaleza de los españoles en la confianza de un destino compartido.
LA RAZÓN, 21/09/2012
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