jueves, 8 de mayo de 2014

Embozados

 

   El PSOE está en campaña, pero sin el rostro al descubierto. No quiere que se le reconozca como lo que es: una marca otrora imbatible hoy en fase de desguace. Las siglas han desaparecido. Se nos presentan como los socialistas, sin más. Ni partido, ni obrero, ni, a lo que parece, español. La bandera nacional la ocultan en Cataluña y el logotipo del puño y la rosa fue hace tiempo arrojado al desván de los trastos viejos. Socialistas, se dicen. Como si Hayek no nos hubiera advertido hace tiempo de que socialistas hay en todos los partidos, incluidos aquellos que se consideran conservadores o de derechas. Pero a los socialistas del PSOE se les reconoce a la legua. Aunque hayan salido en busca del voto sin acrónimo, sin puño, sin rosa (un esbozo de amapola intuyo en su nueva marca) y enarbolando las banderas según el lugar. Todos señuelos para la caza del votante despistado. Márketing con un único objetivo: que al PSOE no se le juzgue por lo que hace (o lo que hizo), sino por lo que promete cuando no disfruta del mandato popular que luego le obliga a cumplirlo. No quiere ser examinado por sus actos, sino por un ideal mitificado, el socialismo, que no puede ser cuestionado porque encarna las mejores aspiraciones del hombre. Somos socialistas. Por eso están de campaña ocultando su responsabilidad tras un concepto sugestivo (falsamente) asociado a las buenas intenciones. Así que allá van Valenciano y Pepe Blanco y Jáuregui... Con los rostros embozados. A ver si algún ingenuo no les reconoce en esa candidatura de afortunados que escapan hacia un cómodo exilio hasta que el olvido colectivo devuelva al PSOE tiempos mejores.

LA RAZÓN, 8/05/2014

sábado, 3 de mayo de 2014

El tiempo detenido

   En dos años, España pasará de un PIB del -1,5 al +1,2. Casi tres puntos de crecimiento. No existe un país europeo que pueda exhibir estos resultados desde que comenzó la crisis. ¿Triunfalismo? No. Dato objetivo. Como este otro: mientras 811.300 españoles perdieron el trabajo en el primer trimestre de 2009, los parados descendieron en el mismo trimestre de 2014 por primera vez en nueve años. ¿Deben repicar las campanas? No. El dato es insuficiente (apenas 2.300 personas encontraron empleo), pero objetivo. Y, como tantos otros, marca una tendencia. Donde antes, en la UVI y sin constantes vitales, estaba el inocente pasajero del coche que un conductor imprudente estrelló contra un muro, ahora hay un enfermo trasladado a planta. ¡Aún no está sano!, grita la oposición, con esa falsa impaciencia por su mejoría. Cierto. Ha superado el momento crítico que pudo llevarlo a la otra vida y, aunque aún no anda solo, ya mueve brazos y piernas. Necesita tiempo. El tiempo que termina poniendo a cada uno en su sitio y que a los socialistas les gustaría detener. Quienes se negaron a reconocer la crisis, harán todo por ocultar una recuperación que desnude sus vergüenzas. Alguien debería advertir en el PSOE que tener a Valeriano Gómez como portavoz de la materia dinamita esta estrategia de embuste. Con él como ministro los parados sumaron 585.000 en un año y el desempleo rompió la barrera de los cinco millones. Ruboriza escucharle dando consejos. Como a esos sindicatos que se presentaron en Moncloa con un “plan Marshall” para crear no sé cuántos millones de empleos. Así, de un plumazo. Con más gasto público como fórmula… un día después de que el gobierno socialista francés aprobará un recorte histórico de 50.000 millones.

LA RAZÓN, 2/05/2014

viernes, 18 de abril de 2014

Paro y saqueo

   El paro no es un drama en Andalucía: es una oportunidad para el saqueo de los fondos públicos por parte de sindicatos, gestorías, aseguradoras, holgazanes y pícaros perfectamente organizados. El paro andaluz es el pretexto para un latrocinio consentido por una administración que mira hacia otro lado porque su forma de gobernar se asienta en la prebenda y el subsidio, debidamente engalanadas con el falso velo de la justicia social, faltaría más. Primero fueron los ERE fraudulentos, con los que avispados defensores de los trabajadores amasaron bajo el colchón dinero “pa asar” una vaca; ahora, los cursos de formación para desempleados financiados por la Unión Europea. Millones y millones de euros que nunca fueron a atajar el problema del paro en la región con menos trabajo del Continente, sino que se esfumaron entre cursos que no se daban, alumnos que no existían, profesores que no lo eran y empresas sin trabajadores. Conocemos el triste récord andaluz el mismo día que la Policía nos descubre el nuevo escándalo, aún mayor que el precedente: paradoja de una realidad que supura corrupción a borbotones y no hay quien la oculte ya con discursos victimistas de retraso histórico y urgencia redistributiva. Vayamos a Merkel a exigirle ahora más fondos. Reclamemos a suecos y holandeses ayudas que permitan a los andaluces converger con su bienestar. Expliquémosles a catalanes y madrileños por qué deben seguir aportando parte de su riqueza a la solidaridad interterritorial después de treinta años haciéndolo a fondo perdido en lugares como Andalucía, donde el socialismo omnímodo la ha malversado en la formación de un régimen clientelar que impide toda posibilidad de progreso.

LA RAZÓN, 17/04/2014

jueves, 10 de abril de 2014

Una puerta abierta

   “Somos socialistas, no nacionalistas”. Sonó cristalino Rubalcaba. Revolucionario, diría. Después de tantos años con el PSOE encamado con nacionalistas e independentistas de todo pelaje allí donde fuera necesario para tocar poder a cualquier precio. A la espera de que el comportamiento de sus compañeros catalanes no enmiende a Rubalcaba, bienvenido sea el regreso del socialismo patrio a la sensatez. Y a su cauce natural: la izquierda obrera siempre fue internacionalista, nunca nacionalista. 
   Estando firme en la defensa de la legalidad constitucional junto al PP (y también en la del parlamento como representación del pueblo español, en estos tiempos donde al PSOE le gusta flirtear con la protesta callejera como experiencia de democracia real), Rubalcaba dejó abierta una puerta inquietante con su propuesta federalista. No tanto porque no sea ésta una iniciativa democrática viable, que lo es, sino porque concede a la reivindicación victimista del nacionalismo una legitimidad en el momento más inoportuno. El problema de España no es la Constitución, es el nacionalismo. No lo es una Carta Magna perfectible ni una Cataluña necesitada de encaje, sino esa religión laica que con su fe inquisitorial y su liturgia populista de agravios seculares subyuga al individuo y anula su libertad para devolverlo encadenado a la tribu. Es esa naturaleza opresora que arrebata los derechos a los ciudadanos para otorgárselos a un pueblo idealizado mediante falsificaciones históricas y generaciones educadas en el odio a España. Este es el problema. Como las mareas, sube o baja según las acciones y omisiones de unos y otros. Quizá no haya otra solución que conllevarlo, concluyó Ortega. Pero sin caer en su trampa porque no hay reforma constitucional que sacie su aspiración última: romper España.

LA RAZÓN, 11/04/2014

jueves, 3 de abril de 2014

Un Valls para el PSOE

   

   Solo hay que escuchar cada día a Elena Valenciano para darse cuenta de cuál es el problema del PSOE. Las realidades evolucionan, los asuntos exigen nuevas respuestas y, sin embargo, los socialistas permanecen fieles a sus antiguallas ideológicas, apolilladas por el paso del tiempo que certifica su fracaso. Su empecinamiento por competir con el espacio de la izquierda más rancia es algo propio de este PSOE desconcertado, no del resto de los partidos socialistas en Europa. En Alemania, la socialdemocracia en ningún momento se planteó pactar con los comunistas para arrebatar el poder a una Merkel arrolladora en las urnas, pero sin mayoría absoluta: hoy gobierna con ella. Ahora, en Francia llega a Matignon un socialista que ofrece un perfil insólito en las huestes de Ferraz. Como alcalde de Evry, Manuel Valls propuso poner a una explanada el nombre de Juan Pablo II, dobló el número de policías municipales con el argumento de que “ningún rincón de la ciudad debe quedar en manos de los gamberros”, afirmó que una reforma de la universidad debería superar “los estragos del igualitarismo” y votó a favor de convertir en delito los ultrajes a la bandera y el himno nacional. En 2011 compitió en las primarias socialistas y perdió sin paliativos. Defendía la derogación de la ley de las 35 horas semanales de trabajo porque había que trabajar más y abogó por déficit públicos por debajo del 3 por ciento. ¿Se imaginan a un socialista español haciendo carrera con estas propuestas? En Francia ha llegado a primer ministro. De haber seguido en España, donde nació en 1962, Valls no sería nadie ante Elena Valenciano.

LA RAZÓN, 3/04/2014

jueves, 27 de marzo de 2014

Golpismo autorizado

   ¿Por qué de un tiempo a esta parte sólo las manifestaciones de la izquierda política y social acaban en disturbios cada vez más violentos? Durante los gobiernos socialistas también se protestó en la calle contra la política de Zapatero con ETA, o en defensa de las víctimas del terrorismo, de la familia y de la vida desde su concepción. Ninguna tuvo que lamentar nunca altercados no deseados. No. No son “los de siempre” los que terminan convirtiendo la calle en un experimento de guerrilla revolucionaria. Como si “los de siempre” fueran grupos anónimos e incontrolados necesariamente ajenos a la organización de la protesta. Es el mismo espíritu de la protesta el que en ocasiones convierte el legítimo derecho de manifestación en plataforma “legalizada” para fines golpistas. Lo vimos el sábado en Madrid. Sólo había que escuchar a sus portavoces. Bajo el beatífico reclamo de la dignidad, venían a conquistar en la calle el poder negado en las urnas. Lo proclamaban sin tapujos, con el descaro que caracteriza a los de fe totalitaria. Y lo hacían jaleados por esos altavoces mediáticos que comparten responsabilidad en lo que era una auténtica insurrección contra el orden democrático libremente establecido. Con todo, las marchas se autorizaron. 
   El fallecimiento de Suárez ha permitido a España mecerse durante tres días en la nostalgia del espíritu de concordia. Qué lejos está la izquierda de Cayo Lara, Willy Toledo y el asaltacaminos de Marinaleda de aquella que, con coraje y serenidad, escribió junto a Suárez y el Rey la página más brillante de nuestra historia reciente. La izquierda de hoy deshace el camino andado y vuelve a creer que en democracia hay atajos hacia el poder sin el peaje de las urnas.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Tres días de primavera

  "Cuando la leyenda se convierte en realidad, imprime la leyenda"
El hombre que mató a Liberty Valance
John Ford, 1962

 España ha recibido la primavera abrazada a un recuerdo que reverbera lo mejor de nosotros: aquella hazaña protagonizada cuando el miedo a repetir los errores a los que nos había empujado el sectarismo sacó lo mejor de cada uno. España llora al presidente que acabó abandonado por todos, traicionado por los suyos y despellejado por un socialismo depredador al que impacientaba su acceso al poder, pero su muerte en estos momentos de desprestigio de la política ha permitido que su figura de claroscuros emerja como la un héroe. Una sociedad defraudada con su clase dirigente le ha rescatado como referente moral en un páramo sin líderes en el sentido churchilliano del término. Suárez convertido en mito compartido de una época que evoca la unidad nacional y el patriotismo elevado sobre el partidismo excluyente. Es la misma sociedad que nunca le otorgó la mayoría absoluta y le negó los votos cuando más los necesitaba quien proclama a Suárez “santo súbito” de una democracia idealizada que quizá nunca existió, pero que necesita imaginar como vía liberadora del desencanto que nos atrapa. Así son las cosas. Dijo Suárez que el destino no está escrito porque sólo el pueblo puede escribirlo. Ha sido ahora cuando el pueblo ha decidido hacerlo para eternizarle como símbolo de un ideal común. 
   La despedida que España entera, la que viaja en coche oficial y la que pisa la calle, ha tributado a Suárez es una noticia feliz en esta nación a la que le cuesta reconocerse en su identidad colectiva, tan acomplejada en la celebración de sus fechas fundadoras como cicatera en el homenaje a sus prohombres. 
   Ay si el adiós de Suárez no fuera solo el remanso de tres días de primavera…