España atraviesa una crisis económica que no es ajena a un modelo de organización que ha alumbrado 17 mini-estados, todos carísimos, y diluido la nación española en un embrollo de intereses excluyentes. Y con nuestras debilidades reiteradas frente a los chantajes, nos hemos colocado ante una situación extrema: una nación en cueros, sin nervio para el esfuerzo común ahora que necesitamos del compromiso colectivo para salir de la crisis. Porque España se salvará entera o caerá sin excepciones. Pero resulta enternecedor ver cómo quienes durante treinta años han crecido en la deslealtad constitucional, han impuesto su identidad excluyente y se han ciscado en los símbolos nacionales, vienen ahora a suplicar el auxilio de los hispabonos, al parecer lo único con sabor español que no les apesta, una vez que sus bonos patrióticos se revelaron bonos basura. Sin credibilidad para acudir a los mercados, buscan el manto protector de España, que lo tiene hecho jirones precisamente por el desconcierto sembrado en el exterior con nuestro galimatías territorial y esa imagen lamentable de barullo de naciones egoístas y manirrotas a las que sólo une el deporte. Y a veces ni eso.
Rajoy y Rubalcaba deberían leer el último libro de Martín Alonso, «Ahora, y para siempre, libres», relato apasionado del legado político y moral de Lincoln, el presidente que se negó a contemporizar con los que querían enterrar la nación y entregó su vida a la causa de la unión para así terminar salvando la democracia y la libertad. O el PP y el PSOE hacen de la necesidad virtud y asumen la crisis como oportunidad para una reforma decidida y profunda del modelo de Estado que permita recuperar el vigor de esta nación cuarteada o el hundimiento colectivo no será solo económico.
LA RAZÓN, 1/06/2012
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