Lástima que la magistral película de Spielberg sobre Lincoln ponga su foco únicamente en los acontecimientos de enero de 1865, el mes decisivo que concluyó con la declaración de emancipación y la abolición de la esclavitud en Estados Unidos. Es el hito histórico que todo el mundo sabría citar de él. Pero ya que vivimos tiempos en que la mayoría prefiere ver una película a estudiar la historia, e inmersos como estamos en el desafío separatista catalán, a los españoles nos hubiera venido de perlas que Spielberg hubiera mostrado también al Lincoln profundamente pacifista en la tesitura moral de aceptar la guerra para defender la Unión, la nación y la legalidad constitucional frente a los que terminarían provocándola para impedir que todo aquello sobreviviera. No está España ante su Fort Sumter. Son tiempos distintos, afortunadamente. Lo que trato de explicar es que no hubiera existido emancipación alguna en una nación rota tras una Constitución violada. Lincoln sabía -escribe Martín Alonso en “Ahora, y para siempre, libres”- que la secesión ilegal sancionaría el principio de que en todo momento y lugar es posible para cualquier minoría destruir las leyes orgánicas de gobierno. El separatismo confederado era el resultado de la incapacidad del Sur para imponer su idea de la Unión, como el independentismo catalán lo es de la suya para hacerlo dentro de la legalidad que todos los españoles nos hemos otorgado. Es la democracia misma, “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” que Lincoln consagró en Gettysburg, la que quiebra cuando una minoría puede romper a su antojo el pacto constitucional originario. Lincoln habla hoy a los españoles de toda condición. Nos enseña que el problema del separatismo no es quién lo plantea, sino cómo respondemos quienes defendemos que la convivencia en libertad lo garantiza un orden constitucional que deposita en el pueblo español la soberanía nacional.
LA RAZÓN, 18/01/2013
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