Surgió como laboratorio para nutrir a la socialdemocracia española precisamente de aquello de lo que toda la izquierda anda huérfana desde que la caída del Muro de Berlín sepultara su utopía progresista. Ayer se hundió en el descrédito que atrapa siempre a quienes (obras son amores...) no acompañan sus ideas con el compromiso para conformar un comportamiento coherente. Y no será porque la Fundación Ideas y su brillante director, con capacidad para desdoblarse en fina articulista de a 3.000 euros la columna para engordar la nómina, no hayan estado certeros en el análisis de la corrupción. Carlos Mulas tiene razón cuando, en sus lecciones de rectitud a los demás en forma de libro, proponía "reducir los espacios de oportunidad que el marco institucional proporciona al surgimiento de prácticas corruptas”. Una fundación dependiente de un partido político y financiada con fondos públicos es un “espacio de oportunidad” espléndido para que algunos terminen llevándoselo a dos manos. Mulas lo sabía y se inventó a Amy Martin. Fue una mala idea.
LA RAZÓN, 24/01/2013

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