No está el socialismo ante un colapso de liderazgo. Se desangra por ausencia de identidad. El problema del PSOE se llama España. Y es así como el PSOE se ha convertido en un problema para España. Porque traslada su confusión a todos los españoles con propuestas ambiguas que le ayudan a sobrellevar la división, pero erosionan gravemente el régimen constitucional. El temor a ser tildados de “españolismo” que rebela la bronca entre Chacón y Navarro lo dice todo. El único partido que luce la E en sus siglas siempre ha gestionado la cuestión nacional en función de intereses electorales. Felipe González, en 1978: “Es evidente que existe la nación española. Nadie con una mínima sensatez lo pone en duda”. El joven líder socialista descafeinó el obrerismo, se sumó a la ola reformista de la Transición y se ofreció como un proyecto de regeneración nacional: catorce años en el poder. Un Zapatero convertido en presidente por accidente se blindó con nacionalistas e independentistas. La nación pasó a ser un “concepto discutido y discutible” y España una “nación de naciones”. Los socialistas aplaudían la nueva España plurinacional. El mismo González, ya en 2010: “Cataluña es hoy uno de los sujetos políticos no estatales, llamados naciones sin Estado”. Con el desafío separatista planteado ya en Cataluña y el País Vasco, la huida llega a su fin y deja al PSOE ante un dilema: más España le rompe; menos España, posiblemente también. Lejos de formar parte de la solución, este PSOE se ha convertido en parte del problema. Otra vez en momentos difíciles. Cómo no recordar a Salvador de Madariaga y las consecuencias que para todos tiene siempre la división del PSOE: “La circunstancia que hizo inevitable la guerra civil en España fue la guerra civil dentro del partido socialista”.
LA RAZÓN, 10/05/2013
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