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Hubo un tiempo no lejano en el que el País Vasco ofrecía tres alternativas: vivir como un cobarde, largarte o quedarte con todas las consecuencias. Él decidió quedarse. Y ahora que vemos una corriente empeñada en desprestigiar la política reduciéndola a refugio de ladrones e incompetentes, él acudió a ella para cambiar las cosas. Explicó el motivo siempre con las mismas palabras: llegó un momento en que no pudo más. ¡Basta ya!, gritó. Y tras él, toda una mayoría callada hasta entonces por el miedo en tierra sometida por el fanatismo y condenada al charco de sangre. Sabía lo que quería la buena gente: vivir en paz. Sabía también que no habría paz sin la libertad elemental para decidir sobre tu propia vida en una época en la que otros decidían si tenías derecho a ella. Decían de él sus adversarios que era un radical. ¡Y vaya si lo era! Radical en plantar cara a los violentos; radical en denunciar la connivencia de los que apuntaban sin disparar; radical en su inquebrantable honradez. Tenía voluntad para cambiar las cosas, con espíritu indomable y palabra clara, alguna de las cuales he tomado prestadas para redactar estas líneas. Era una fortaleza política desconocida hasta entonces. El hijo al que apenas conoció evoca a su padre como un revolucionario. Tal día como hoy, ETA le asesinó de un tiro en la nunca mientras comía en un restaurante de su ciudad. El PP iba a convertirse en la fuerza más votada en San Sebastián y él, en su alcalde. 19 años después, son los amigos de sus asesinos quienes la gobiernan y la fundación que conserva el legado de Gregorio Ordóñez necesita nuestra ayuda. BBVA: 0182 5709 48 0010513502
Hubo un tiempo no lejano en el que el País Vasco ofrecía tres alternativas: vivir como un cobarde, largarte o quedarte con todas las consecuencias. Él decidió quedarse. Y ahora que vemos una corriente empeñada en desprestigiar la política reduciéndola a refugio de ladrones e incompetentes, él acudió a ella para cambiar las cosas. Explicó el motivo siempre con las mismas palabras: llegó un momento en que no pudo más. ¡Basta ya!, gritó. Y tras él, toda una mayoría callada hasta entonces por el miedo en tierra sometida por el fanatismo y condenada al charco de sangre. Sabía lo que quería la buena gente: vivir en paz. Sabía también que no habría paz sin la libertad elemental para decidir sobre tu propia vida en una época en la que otros decidían si tenías derecho a ella. Decían de él sus adversarios que era un radical. ¡Y vaya si lo era! Radical en plantar cara a los violentos; radical en denunciar la connivencia de los que apuntaban sin disparar; radical en su inquebrantable honradez. Tenía voluntad para cambiar las cosas, con espíritu indomable y palabra clara, alguna de las cuales he tomado prestadas para redactar estas líneas. Era una fortaleza política desconocida hasta entonces. El hijo al que apenas conoció evoca a su padre como un revolucionario. Tal día como hoy, ETA le asesinó de un tiro en la nunca mientras comía en un restaurante de su ciudad. El PP iba a convertirse en la fuerza más votada en San Sebastián y él, en su alcalde. 19 años después, son los amigos de sus asesinos quienes la gobiernan y la fundación que conserva el legado de Gregorio Ordóñez necesita nuestra ayuda. BBVA: 0182 5709 48 0010513502
LA RAZÓN, 23/01/2014
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