No existe una salida socialdemócrata a la crisis. No ha existido nunca porque fueron las políticas de gasto alegre y endeudamiento sin freno las que nos condenaron. Creyó Zapatero que la había hasta que los grandes líderes mundiales le forzaron a abdicar de sus ideas equivocadas, dejando desnuda a una izquierda sin recetas para una realidad inapelable: no se puede vivir a crédito si quien te presta deja de confiar en tu capacidad para devolverlo. Creyó esa misma izquierda decimonónica que Hollande les salvaría de la orfandad. Recuerdo a Rubalcaba celebrando el triunfo del francés como si fuera el suyo: “La voz de los socialistas sonaba débil en Europa. Hoy con Hollande tiene un magnífico altavoz”, decía mientras enarbolaba la bandera del país vecino junto a militantes entusiastas en Ferraz.
El periódico de la izquierda española despertó ayer del sueño: “El enemigo jurado de las altas finanzas y defensor a ultranza de la justicia social de la campaña electoral de 2012 ha pasado a mejor vida”. Y expidió su particular certificado de defunción: “Hollande confirmó un giro radical hacia las recetas económicas neoliberales y dejó de hablar a los electores de izquierda”. Cuando un periodista preguntó a Hollande cuáles eran las diferencias entre su nuevo programa y el de la derecha de Sarkozy, el socialista no pudo ser más explícito: “Que él no lo puso en práctica”.
Mientras la prensa mundial y los inversores reciben a la España que se esfuerza por salir de la crisis, Francia es vista como el nuevo enfermo de Europa. Con retraso, Hollande ha comenzado a recorrer el difícil camino de Rajoy. Rubalcaba seguirá aventando promesas de humo.

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