El paro juvenil se ha duplicado en dos años y medio: supera el 40 por ciento y dobla la tasa media de la Unión Europea. Uno de cada cinco jóvenes españoles (entre 18 y 24 años) ni estudia ni trabaja: 700.000 chavales en total. Uno de cada tres abandona el sistema educativo sin acabar la enseñanza secundaria: un millón de mozos, que coloca a España sólo por detrás de Malta y Turquía. Casi cinco de cada diez de los afortunados que trabajan entre 25 y 29 años tienen un empleo por debajo de su nivel de estudios. En ningún país de Europa es menos útil obtener un título universitario. Hasta Chipre tiene mejor tasa de empleo adecuado para los sus titulados universitarios. Cifras que anuncian una generación perdida para España. Y también un despilfarro de talento. 120.000 españoles han emigrado desde que empezó la crisis. Son ya el 10 por ciento de los compatriotas que viven y trabajan en el extranjero. La mayoría, jóvenes profesionales altamente cualificados de entre 25 y 35 años.
Un drama con responsabilidades compartidas. De los jóvenes cuando, príncipes de estas sociedades de la abundancia, quieren vivir como sus padres sin realizar los sacrificios que ellos hicieron para lograrlo, rechazan las políticas que propiciaron el progreso y renuncian a su formación, el capital más importante en la forja de su futuro. De los gobiernos cuando, incapaces de ofrecer oportunidades, pero desesperados por ganar elecciones, les engatusan con salarios de hasta 633 euros por la hazaña de no estudiar ni trabajar.
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