“Todos sabemos qué hacer, pero no sabemos si después de hacerlo seremos reelegidos”. La frase de Jean-Claude Juncker, avezado político luxemburgués y hoy presidente del Eurogrupo, sintetiza el dilema al que se enfrentan los gobiernos en estos tiempos de fin de fiesta con tintes dramáticos. Obligados a ejercicios de equilibrio en el abismo con políticas que no pueden ser lo radicales que la urgencia exige si pretenden llegar vivos a la próxima cita electoral. Compiten, además, con oposiciones que prefieren recorrer el atajo de la irresponsabilidad. En España. O en Francia, donde Europa se juega el domingo su futuro y la izquierda avanza a lomos de un populismo que sigue prometiendo un paraíso perdido. Así que, unos porque no quieren perder el poder y otros porque aspiran a recuperarlo cuanto antes, nadie se atreve a erigirse en estadista y jugarse el pellejo galvanizando a la nación con un mensaje de confianza en el futuro, sí; pero sin paños calientes.
Resulta descorazonador seguir escuchando a nuestros dirigentes proclamar la garantía de la sanidad gratuita cuando, entendida como un bien de consumo del que no se percibe su coste, es una de las grandes razones que han convertido al sistema en inviable. Así lo constata cualquier informe serio e independiente. Lean el de McKinsey-Fedea. El repago farmacéutico es un paso positivo, pero insuficiente. El gasto sanitario seguirá disparándose por múltiples razones, mientras los políticos muestran un temor insalvable a racionalizar su demanda con medidas que la demagogia convierte en recortes de derechos.
El miedo a espantar el voto. Siempre bloqueando las políticas de horizontes amplios y las reformas imprescindibles, hoy necesariamente dolorosas. “Confiad en el pueblo. Le diré lo peor y no consentirá verse batido”. Ecos de Churchill para estos tiempos difíciles, huérfanos de liderazgo.
LA RAZÓN, 20/04/2012
No hay comentarios:
Publicar un comentario