jueves, 19 de abril de 2012

¡Viva el Rey!

   Don Juan Carlos cometió un error grave. No mayor de los que protagonizan a diario dirigentes en quienes depositamos la confianza para regir nuestros destinos. Sólo al Rey hemos escuchado de forma tan diáfana, sin medias tintas, reparar su yerro: “Lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir” ha confesado a los españoles mirándoles a la cara. Reconocimiento, perdón y propósito de enmienda. Si algunos lo dudaban, éste es el monarca que hace 37 años recibió un poder absoluto y lo cedió al pueblo para que se dotara de un régimen de libertades modélico.
   Su cacería africana fue antiestética e inoportuna, pero el Rey ha sido víctima de esa civilización del espectáculo que Vargas Llosa disecciona en su nuevo libro. En el imperio de la banalización, el populacho demanda entretenimiento y ahí están los medios de comunicación, esclavos de la cuenta de resultados, para ofrecérselo. Carnaza para alimentar audiencias y oportunidad para ventajistas sin votos. Porque es más divertido la cháchara sobre un Rey cazando elefantes en tiempos de crisis que informar de su trabajo callado cuando se trata de conseguir que empresas españolas logren el mayor contrato de la historia para la construcción del AVE a La Meca; o de su viaje a Kuwait para sortear, gracias a su amistad con las monarquías del Golfo, el embargo petrolero al que nos someterá Irán, socio en aquella Alianza de Civilizaciones por la que nadie pedirá perdón. No lo esperen nunca de quienes nos han conducido a esta dramática situación de quiebra económica y fractura nacional.
   La monarquía parlamentaria es un símbolo de unidad nacional y continuidad histórica, se justifica por su utilidad y está obligada a la ejemplaridad. El Rey ha zanjado el espectáculo en torno a una cacería en la que el elefante no era la presa mayor con un gesto de humildad que le reconcilia con los españoles y descubre las vergüenzas de tanta mediocridad. No era el rey quien marchaba desnudo.

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